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Posted by on 30 Dic , 2017 in Portada | 0 comments

¿Bien o en familia?

Esta es una pregunta recurrente que, durante estos días de Navidad, nos formulan o formulamos a diario y que también escuchamos frecuentemente a nuestro alrededor.  La pregunta se hace con cierta sorna, como si conociéramos de antemano la respuesta, una respuesta con la que, casi siempre, tratamos de no defraudar a nuestro interlocutor que, normalmente, da por sentado que si estas fiestas se pasan en familia, el resultado nunca puede ser bueno.

La Navidad es tiempo de excesos, es cierto. Excesos con la comida, excesos con la bebida, excesos consumistas…, pero también excesos verbales y emocionales. De los primeros no pienso hablaros porque reconozco que voy a necesitar mucha fuerza de voluntad para deshacerme de todo lo que le sobra a mi cuerpo tras estas fiestas en las que me cuesta muchísimo cerrar la boca y obviar los exquisitos manjares que todo el mundo pone al alcance de mi mano…, ¡voy a tener que mirarmelo con algún coach!

Son esos segundos excesos los que estos días me están haciendo pensar más de la cuenta: ¿qué razón nos mueve estos días a sonreír, felicitar, besar, palmear, enviar mensajes, guasaps y correos a personas con las que no cruzamos dos palabras durante el año? y, al mismo tiempo, ¿por qué razón rechazamos frente a los demás esos excesos de amor y fraternidad que parece que nos vemos obligados a prodigar?…  ¿Nos avergonzamos de demostrar nuestro cariño a los demás?, ¿qué nos mueve a hacernos los “duros” y a disimular nuestra sensibilidad en estos días?, ¿porqué surgen tantos conflictos en estas fechas de reuniones familiares?

Es cierto que todas las familias están integradas por individuos de muy distintos caracteres y que no siempre éstos casan entre sí, dando lugar en muchas ocasiones a tensiones e incluso enfrentamientos verbales que, desafortunadamente, convierten muchas veces estas reuniones en verdaderas sesiones de tortura, pero ¿qué responsabilidad personal tenemos nosotros en la generación de estos conflictos?, ¿son siempre los otros los que nos amargan la cena, los que inician la disputa, los que vienen predispuestos a montarla…? ¿Qué puedo hacer yo para evitar el conflicto? ¿Realmente intento evitarlo o yo también participo con cierto placer?

No cabe duda de que dos no riñen si uno no quiere y, desde esa premisa, estoy seguro de que todos podemos poner algo más de nuestra parte para evitar estos conflictos emocionales tan desagradables.  ¿Cómo? No voy a decir que sea fácil, pero sí creo que podemos comenzar por nosotros mismos decidiendo qué papel queremos jugar en estas fiestas y reuniones familiares; cómo queremos estar. ¿Es mejor estar de mal humor o podemos predisponernos a estar contentos? ¿Podemos conseguir, con nuestra sola actitud, que nadie nos amargue la noche? ¿Por qué no intentarlo?

Para conseguirlo te recomiendo en primer lugar que te responsabilices de tus pensamientos, que acudas a esas reuniones seguro de que tus pensamientos son mucho más poderosos que cualquier provocación.  Son nuestros pensamientos los que condicionan nuestras emociones y tenemos que ser conscientes de que la decisión de cambiar de actitud, de cambiar de humor, siempre es nuestra responsabilidad.  Por muy insoportable que se ponga ese cuñado al que no soportas, por muy pedante que se ponga esa hermana que se las sabe todas, por muy cerril que sea tu padre…, la responsabilidad de que eso afecte o no a tus emociones es solo tuya y de nadie más. Son nuestras emociones las que generan un comportamiento determinado que repercute directamente en nuestro entorno y en quienes lo integran y sólo tú puedes decidir cómo quieres sentirte y cómo quieres hacer sentir a los demás. No responsabilices nunca a quien te provoca con sus excesos, hazte responsable de tus propios pensamientos, establece tus propios límites y decide hasta dónde estás dispuesto a dejarte llevar.

Para ayudarte a tomar esas decisiones, te recomiendo que te esfuerces en aceptar las cosas como son y, sobre todo, en aceptar a los demás como son.  Tú no tienes el poder de cambiar a los demás, tú no les vas a cambiar , pero sí tienes el poder de cambiar tus actitudes.  ¡Acéptalo con amor, tolerancia y comprensión! Y esto no significa que tengas que ceder, ni mucho menos que tengas que darles la razón si crees que no la tienen.  No tenemos que compartir las razones que otros defienden, pero tampoco tenemos que obligarles a aceptar las nuestras.  Simplemente relativiza, no es necesario que te tomes las opiniones o los argumentos de los otros como algo personal.  Sólo es su opinión, ¡nada más!  Y si tú no entras al trapo, si no estás dispuesto a hacer de ello una cuestión de honor, no pasará de ser más que eso: su opinión.  Y, al fin y al cabo, hemos venido a cenar, no a sentar cátedra ni a conseguir adeptos a una causa capital.

Por eso también creo que es muy importante no poner etiquetas, no juzgar. Intenta acercarte a los demás sin prejuicios, sin etiquetarlos de antemano, dispuesto a descubrir todo lo que te pueden enseñar y todo lo que puedes incorporar a tu aprendizaje vital gracias a un encuentro honesto y libre de juicios. Piensa que de todo y de todos puedes aprender, incluso ellos.

¡Qué bueno sería que cada uno de nosotros asumiéramos nuestra responsabilidad! ¡Y qué difícil!, ¿verdad? Pero no renuncies a ello, inténtalo en estas Fiestas.  Posiblemente no vas a conseguir evitar que esas personas insistan en amargaros la cena, pero seguro que vas a conseguir que el resto de la familia, de los amigos… se sientan mucho mejor, ¡muchísimo mejor!, ¿no es esa suficiente recompensa?

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