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Posted by on 10 Jul , 2017 in Portada | 1 comment

¡Buen viaje a la eternidad!

Cuando esta mañana he visto tu nombre en la página de esquelas del periódico, he tenido que coger aire para volver a leer y comprobar que, efectivamente, la primera impresión no ha sido un error. Era tu nombre. No voy a decir que no me lo podía creer porque, a estas alturas de mi vida, ya me he acostumbrado a lo evidente: la muerte no solo es siempre inoportuna, sino que, además, por mucho que la esperemos, no tiene en cuenta ninguna circunstancia ni condición y además es caprichosa, llega muy pronto para algunos y, en otros casos, se hace esperar tanto que parece que se ha olvidado de uno. Aunque no, ya sabemos de sobra que nunca se deja a nadie olvidado.

Lo que pasa, Tomás, es que como hacía tanto tiempo que no hablábamos, no estaba tan preparado para tu muerte como lo han podido estar los que, en los últimos años, han estado más cerca de ti y han tenido oportunidad de verla acercarse. Por eso me ha sorprendido tanto y por eso me ha causado tanta impresión ver tu nombre esta mañana en el lugar que menos esperaba y deseaba.

Sí. Ya sé que tu vida ha sido fructífera. Siempre he creído que hay personas que, en una sola vida, son capaces de vivir tres o cuatro, y creo que tú has sido una de esas personas que, en una sola, ha sido capaz de hacer tanto bien, de entregar tanto amor… que, cuando se van, dejan huella como si hubieran sido tres. Pero cuando, además, son capaces de hacerlo sin ruido, sin darse importancia, con humildad, acaban convirtiéndose en referentes. Y tú lo has sido, al menos para mí lo has sido. Y estoy seguro de que también lo habrás sido para otros muchos. Lo he comprobado esta mañana cuando he ido a despedirme de ti. Ahí estabas, rodeado de flores sujetas con cintas en las que se podía leer la tremenda huella que has dejado en miles de personas, tanto en La Rioja como en tu querido Perú. He comprobado que también para ellos has sido un referente.

Y cuando lo he visto te he echado todavía más de menos. He echado de menos todo lo que me he perdido en estos años; las conversaciones, los consejos, las sonrisas, los reproches, los abrazos del amigo…, y he echado también de menos al sacerdote que era capaz de empatizar, de comprender, de acompañar, de consolar, de perdonar y de amar sin condiciones.

Por eso hoy no estoy llorando por tu muerte, Tomás. No estoy llorando porque sé que tú ahora vas a ser inmensa y eternamente feliz; porque los hombres buenos van al Cielo sin detenerse previamente en ninguna casilla; porque sé que allí te reunirás con quienes más has querido en este mundo, pero también -de la mano de la Virgen que siempre te acompañó-, te reunirás con Aquél por quien lo hiciste todo… No lloro por tu muerte; lloro por lo que me he perdido, lloro porque nunca voy a poder recuperar el tiempo perdido sin ver al amigo y sin tener a mi lado al sacerdote de sonrisa permanente, de palabras amables y siempre llenas de bondad, amor y comprensión.

Sé que puede parecer egoísta, pero es así, no lloro por ti, lloro por los que nos quedamos sin ti, por los que perdemos tu sonrisa, por los que nos quedamos sin tu presencia, por los que, aún sin verte en mucho tiempo, te hemos mantenido siempre como referente, lloro porque cuando alguien como tú desaparece, el mundo parece más triste, más inhóspito, más gris…

Querido Tomás: ¡Buen viaje a la Eternidad!

1 Comment

  1. que preciosidad de reflexión frente a la muerte, como siempre delicioso y emocionante escucharte.

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