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Posted by on 14 Jun , 2017 in Portada | 1 comment

Libertad emocional. La acción genera ser.

Durante muchos años he tenido que sufrir los convencionalismos sociales que, históricamente, obligaban a los hombres a ocultar sus emociones. No soy capaz de recordar bien si esos convencionalismos estaban provocados por la mojigatería y el beaterío que acogotaba a nuestro país durante los nefastos años de la dictadura franquista o simplemente eran una característica más del tiempo que nos tocó vivir, pero el hecho cierto es que hoy en día, todavía nos seguimos sorprendiendo cuando vemos a alguien (sobre todo si es un hombre), expresar abiertamente sus emociones. En mi caso, reconozco que, sobre todo en los últimos años, me estoy esforzando mucho en sentir y vivir mis emociones con naturalidad, en identificarlas (que no siempre es fácil), en dejarlas fluir y expresarlas de la mejor manera que sé y, sin embargo, reconozco que todavía estoy muy lejos de convertirme en el ser emocional que me gustaría ser. Ignoro si algún día alcanzaré ese ideal pero estoy seguro de que, mientras me esfuerce en alcanzarlo, iré mejorando y eso ya me satisface.

Parece que, históricamente, se ha negado la emocionalidad. El ser humano tenía que ocultar sus emociones y mostrarse inalterable, hiératico, impasible el ademán… Las emociones no valían sino para mostrar la debilidad y la fragilidad que nos hacían vulnerables y alentaban el desprestigio personal y, en consecuencia, para incrementar el riesgo ante nuestros enemigos. Nunca convenía mostrar nuestro “talón de Aquiles”. Era algo de lo que no se podía hablar y, en todo caso, correspondía al ámbito de la intimidad de cada individuo. Se minusvaloraba y, en algunos casos extremos, se despreciaba a quien expresaba abiertamente sus emociones hasta el punto de convertirlo en un convencionalismo machista que todavía persiste en nuestras mentes con expresiones tan lamentables como la que afirma categóricamente que “los hombres no lloran”, “correr –tener miedo-, es de cobardes”, etc.
A las mujeres sin embargo, se les permitían más licencias. Se les consentía expresar sus emociones e incluso era socialmente bien aceptado que una señora las mostrara en público abiertamente (con el debido recato, por supuesto). En algunos casos hasta les proporcionaba mayor prestigio y “valor” social. Con el paso de los años, a medida que se iban incorporando al mercado laboral y adquiriendo mayores responsabilidades directivas, esa “libertad emocional” que disfrutaban las mujeres se ha ido limitando, e incluso autolimitando diría yo, hasta llegar a la absurda situación de que se valora más, como directiva, a una mujer que no muestra sus sentimientos y que es capaz de reprimirse y mostrar esa impasibilidad que anteriormente parecía patrimonio exclusivo de los hombres. Y yo me pregunto: ¿quién ha determinado que esa capacidad de reprimir las emociones valida las capacidades directivas de un individuo?, ¿no sería más bien lo contrario?, ¿no es mucho más lógico esperar de un líder, de un dirigente, de un jefe que sea capaz de empatizar con sus subordinados, con sus proveedores, con sus clientes? ¿Y acaso, para poder ponerte en el lugar del otro y entender mejor sus necesidades, no es necesario primero conocer, respetar y gestionar adecuadamente nuestras propias emociones?
Y hay muchas veces que pienso que precisamente es en esa represión emocional histórica, donde radica el origen de esa lacra ignominiosa de la violencia de género. Creo que esa histórica y absurda castración emocional que los seres humanos nos hemos impuesto tiene mucho que ver con esa violencia machista, como tiene que ver también con la violencia doméstica, con el acoso escolar, etc. ¿Por qué no podemos liberarnos de ese encorsetamiento social?, ¿por qué razón no podemos expresar nuestras emociones con naturalidad?, ¿por qué nos seguimos empeñando en que hombres y mujeres, desde la misma cuna, repriman o liberen solo algunas de sus emociones y solo las adecuadas “en función de su sexo”?
Una cosa es el control emocional, aprender a dominar y manejar las emociones para evitar que sean ellas las que nos dominen y otra muy distinta es impedir que afloren, taparlas, esconderlas, reprimirlas, castrarlas…

Esa constante represión de nuestras emociones no sale gratis, tiene consecuencias graves no solo sobre la configuración de nuestro pensamiento y nuestra personalidad sino incluso pueden afectar a nuestros órganos vitales provocando enfermedades siempre indeseables. Pero es obvio que reprimir las emociones también tiene consecuencias sociales porque esa represión nos lleva a decir lo que no pensamos, al tiempo que pensamos lo que somos incapaces de decir y, en consecuencia, nos impide expresar y hacer lo que sentimos y por el contrario, las más de las veces hacemos y decimos lo que no sentimos. Eso genera una grave enfermedad social, posiblemente esa enfermedad social de la que tanto nos quejamos en los últimos años y que tiene sus síntomas en la insolidaridad, la soledad, la pobreza, la exclusión…

Del gran maestro del coaching ontológico Rafael Echeverría, aprendí que “No solo actuamos de acuerdo a como somos, y lo hacemos; sino que también somos de acuerdo a como actuamos. La acción genera ser.” Si la represión emocional es la base de nuestra acción como personas, estaremos construyendo con ello personas incompletas y acabaremos convirtiéndonos en personas sin sentimientos, sin emociones, sin capacidad de comprender el dolor, el sufrimiento, las alegrías, las esperanzas y expectativas de quienes nos rodean. Y si no somos capaces de entender plenamente esas emociones, difícilmente seremos capaces de interactuar adecuadamente en los sistemas sociales en los que nos integramos, ya sean estos laborales, familiares o sociales.

Me gustan las personas que expresan sus emociones y me encantaría ser capaz de expresarlas sin ningún pudor. Poco a poco voy consiguiéndolo y, a medida que lo hago, soy un poquito más feliz.

1 Comment

  1. ¡Excelente reflexión! Da gusto leerte, ministro! 🙂

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