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Posted by on 5 May , 2017 in Portada | 0 comments

Vivir con atención. El camino fácil siempre lleva al mismo lugar.

 

Un hombre que había bebido demasiado, estaba un día a cuatro patas buscando algo en el suelo de la plaza cercana a su casa. Viéndole un amigo se le acercó y le preguntó: – “¿Qué has perdido?”  – “La llave.”, le respondió el borrachín.   Entonces el amigo se arrodilló también y los dos se pusieron a buscarla.  Después de un buen rato, el amigo le preguntó de nuevo: – “Oye, ¿dónde la perdiste exactamente?”   – “En mi casa.”, respondió de nuevo el borracho.-  “Y, entonces, ¿por qué la estás buscando aquí?” “Porque aquí hay más luz que dentro de mi casa.”

Muchas veces nos empeñamos en aplicar a nuestros problemas las mismas soluciones.  No importa cuál sea el problema; aprendimos una solución y tratamos de aplicarla de forma sistemática a cualquier problema,  sin pararnos a pensar si es la respuesta más adecuada para ese problema en concreto.  Nos pasa en muchos ámbitos de la vida y cada día nos sucede más a menudo.  La velocidad con la que vivimos actualmente, la rapidez con la que nos llega la información, la cantidad y variedad de los sistemas en los que cada uno de nosotros estamos integrados provoca que, las más de las veces, no tengamos oportunidad de pararnos a pensar cuál es la solución más adecuada para lo que queremos resolver.

No es el alcohol lo que nubla nuestra mente como en el caso del viejo cuento oriental que abre esta reflexión (al menos no siempre), pero sí hay un elemento recurrente que nos impide acercarnos a la realidad con objetividad y buscar las respuestas adecuadas en cada momento: la falta de atención.

Hay demasiadas cosas a nuestro alrededor. Suceden demasiadas cosas al mismo tiempo, recibimos tal cantidad de información simultánea… que nos impide prestar atención a lo que sucede en nuestro entorno, a lo que sucede en esos sistemas a los que cada uno de nosotros pertenece y eso nos lleva a buscar “donde hay más luz”, donde es más fácil y, claro, ahí nos enrocamos en una búsqueda sin fin en la que somos incapaces de encontrar soluciones.

En las sesiones de coaching que tengo con mis clientes veo esta situación demasiado a menudo. No es que no quieran encontrar soluciones, es que tienen necesidad de encontrarlas muy deprisa y para conseguirlo utilizan herramientas inadecuadas, las que más a mano tienen, las que están acostumbrados a utilizar.  Cuando, de pronto, en mitad de una de las sesiones, descubren que disponen de otras herramientas más adecuadas con las que enfrentarse a su problema, su cara de asombro lo dice todo.  Creo que esto es lo más gratificante de un proceso de coaching, cuando tu cliente descubre que la solución está en él mismo, cuando se da cuenta de que las herramientas y los medios para enfrentarse a su problema han estado siempre en su mano y que solo necesita un cambio de observador para darle la vuelta al martillo y dejar de golpear el clavo con el mango. ¡Es fantástico!

Tomar distancia, preguntarnos el porqué y el para qué de lo que hacemos, parar unos segundos a pensar, tomarnos el tiempo necesario para decidir… ¡no pasa nada por vivir atentamente!

Vivir con los ojos abiertos nos permite ver dónde está el problema y cuál es la herramienta que necesitamos para enfrentarlo.  Vivir con los ojos abiertos para poder contemplar y entender lo que somos y cómo somos cada uno de nosotros y las personas más cercanas. Vivir con atención para observar y entender las cosas que nos suceden… Vivir con los ojos abiertos para mirar la vida no solo con los ojos físicos, sino, y sobre todo, con los ojos de nuestro interior, con los ojos del corazón.  Vivir prestando atención a nuestras rutinas diarias, dando importancia a lo que de verdad la tiene, a esos pequeños milagros que nos suceden cada día sin prestarles la más mínima atención como el despertarse, el estar sano, el dar y recibir un gesto de cariño, un agradecimiento…

Vivir con los ojos abiertos facilitará que busquemos las soluciones donde está el problema, no donde hay más luz, nos permitirá descubrir lo que ya sabemos pero no vemos: que es más fácil llevar la luz a donde está el problema que buscar infructuosamente bajo el foco que ilumina en otra dirección.

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